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El papel de las abejas en la polinización de los cultivos es primordial. Es verdad que no son los únicos insectos que ayudan a ello pero sí que son los principales y su número está reduciéndose a una velocidad llamativa. Estamos hablando de que, según la ONU, el 75% de los cultivos el mundo dependen de la polinización de las abejas y de otros insectos.

Hay un instituto, el IPCC, que supervisa la biodiversidad del planeta. Se fundó en 2012 y  una de las tareas que acomete es la investigación de la alta mortalidad de las abejas. Para que nos hagamos una idea, hay partes del mundo en las que la abejas tienen un índice de mortandad del 80%, cuando hasta el 15% de considera dentro de los límites de la normalidad. Vamos, que es para preocuparse.

Es verda que la alta mortandad de las abejas no es algo de ahora; hace años que los expertos llevan avisando. Ya en 1999 existen registros acerca de este fenómeno. De hecho, se conoce como “síndrome de despoblación de colonias” (CCD Colony Collapse Disorder).

¿Qué es lo que hace que estén muriendo tantas abejas en el mundo? Principalmente tres cosas: La “varroa”, el cambio climático y los pesticidas que se utilizan en la agricultura extensiva. También hay otros factores secundarios pero que a nivel local están causando estragos entre las colmenas como las especies invasoras (en España la avispa asiática, por ejemplo, que es una auténtica depredadora de abejas y que está destruyendo colmenas en todo nuestro país).

La “varroa”

La “varroa” es un parásito que se adhiere al torax de las abejas y les chupa la sangre. Poco a poco va debilitando el organismo de estos insectos hasta debilitar por completo su sistema inmunitario. Esto hace que las abejas sean muy vulnerables y, si no les mata la “varroa”, cualquier enfermedad que desarrollen puede hacerlo. Este parásito se extendió desde Rusia al resto del mundo.

Hasta 1964 los rusos no entendieron qué habían extendido una plaga mundial entre las abejas que las estaba matando. La “varroa” se extendió desde Asia hacia todo el mundo cuando la Unión Soviética apostó por la apicultura, como parte de su plan para mejorar y expandir su sector agrario. Lo que hicieron fue coger una raza de abeja europea y llevarla a sus zonas de influencia para producir miel, mezclándola con las asiáticas, que ya tenían “varroa” pero al que eran inmunes. Las abejas europeas se infectaron por este parásito que tenían las asiáticas y empezaron a morir.

Para cuando se dieron cuenta de lo que pasaba, los rusos ya habían introducido sus abejas en países “amigos” como Bulgaria o Rumanía y así fueron infectando colonias de abejas, expandiendo la “varroa” por Europa. De hecho, fue desde Rumanía desde donde empezó a exportarse a todo el mundo una raza de abeja. En 1975, se detectó en África una población de abejas con varroa. En los 80 el parásito entró en Francia y Alemania; en España, lo hizo hacia el año 1985. Pronto cruzó el Atlántico hasta Latinoamérica. Así empezó la plaga de la “varroa”.

En seguida que esta plaga afectó económicamente a Estados Unidos, empezaron a tratar a las abejas con medicamentos para paliar el efecto de la “varroa”. Hoy en día, los apicultores tratan a sus abejas una vez al año aunque no faltan las voces contrarias que dicen que hay que dejar a la naturaleza seguir su curso y darle la oportunidad de adaptarse a las nuevas circunstancias.

El cambio climático

La alimentación de las abejas dependen directamente de la floración y ésta ha cambiado de manera radical debido al cambio climático. Éste ha hecho que no llueva lo necesario en las floraciones de otoño o llueva en exceso y de manera desigual.

Lo normal es que una colmena tenga entre 25.000 y 45.000 abejas y este número varíe en función de las estaciones del año (más número en primavera y otoño y menos en invierno y verano) y dependiendo del clima, la capacidad de la reina para poner huevos y de la alimentación.

En invierno, cuando las temperaturas bajan y hay menos alimento a su alrededor, las abejas se hacen una pelota y se quedan dentro de la colmena alimentándose de lo que han recogido durante el resto del año. Si no han logrado recoger suficiente alimento durante el año para pasar el invierno, se verán forzadas a salir pero las abejas necesitan unos 14º para salir de la colmena, en condiciones normales, y si salen en invierno pueden morir de frío. Ésta es una de las razones por la que a veces los apicultores dejan pasar el invierno y, cuando vuelven en primavera, no encuentran abejas en su interior.

Otra de las razones es que, al no existir una floración adecuada, las colmenas entran en el invierno con abejas demasiado viejas, incapaces de superar la estación fría. Lo normal es que una abeja viva cuarenta días y vuele una media de 800 km a lo largo de su vida, siempre que tenga una actividad normal que haga que se cumpla esta esperanza de vida (las abejas en verano y primavera viven menos que en invierno porque trabajan más). Una colmena sólo sobrevive bien al invierno cuando ha habido una buena floración en otoño y obtienen el néctar suficiente. Si una colmena ha gozado de una buena floración y entra en invierno con abejas jóvenes puede aguantar, pero las abejas viejas no se reemplazan por nuevas antes de llegar al invierno porque no han tenido que ser reemplazadas por jóvenes (han tenido menos desgaste).

Los neonicotinoides

Los neonicotinoides son una familia de insecticidas comercializados de forma masiva por las multinacionales que fueron introducidos en el mercado en los años 80. Su efecto sobre el sistema nervioso es similar al de la nicotina, de ahí su nombre. Estos insecticidas afectan directamente al sistema nervioso de las abejas y hacen que pierdan su control térmico. Esto las desorienta y no saben cómo volver a la colmena una vez que salen.

Bayer y Syngenta fueron las dos multinacionales que empezaron a comercializar en los años 80 neonicotinoides como componente de un tipo de semilla blindada cuya función era prevenir las plagas. La realidad es que este tipo de semilla ha terminado siendo un arma de destrucción masiva de las poblaciones de polinizadores.

Durante décadas se han vendido semillas de este tipo en todo el mundo, sobre todo de maíz, soja y colza. Estos son cultivos que las abejas no politizan directamente pero los neonicotinoides contaminan la tierra y su efecto dura años. Esto hace que, cuando se renueva el cultivo, impregne también las nuevas generaciones de plantas, incluso cuando son otro tipo de plantas. http://blog.mumumio.com/wp-admin/edit.php

En Europa sí que se tomaron medidas al respecto, como la prohibición de la venta de este tipo de semillas durante dos años (2014 y 2015) período que, por otro lado, no es suficiente para que la tierra se recupere pero ayuda. En cambio, en Estados Unidos no hay ningún tipo de restricción.

Esto es lo que dijo Albert Einstein: “Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas, no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres“.

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